Pasó la Navidad, y lo que un día fue un pensamiento o una ilusión estaba a punto de suceder. Ya se podían contar los días con los dedos de las manos. Después de un pequeño entrenamiento con un viaje a Madrid en avión para conseguir el visado se avecinaba el momento de cruzar el charco para llegar a lo desconocido, para iniciar una aventura en un mundo nuevo con una cultura sencillamente diferente.
Cuán difícil describir la mezcla de pensamientos y sentimientos que cruzaron mi cabeza y mi corazón aquellos días. No es fácil abandonar la rutina que habitualmente ronda nuestras vidas. No es fácil dejar atrás la sensación de seguridad que tenemos en aquello que conocemos y embarcarse en lo desconocido. No es fácil despedirse temporalmente de aquellos que queremos, de aquellos con los que compartimos buenos y no tan buenos momentos, de esa fortuna llamada amistad. Pero de algún modo sabía que lo tenía que hacer, que era una oportunidad única en mi vida, que aquello me iba a hacer crecer, me iba a permitir tener una visión más profunda y más sincera de todo lo que he vivido y todo aquello que me queda por vivir.
Y así fue, recuerdo el viernes 25 de enero de 2008 como si fuera ayer. Recuerdo el camino al aeropuerto acompañado de mi hermano mayor deséandome suerte. Recuerdo los miedos y la incertidumbre que me producía el pensar que en unas horas estaría en USA.
Y así fue, después de hacer escala en Madrid llegué a Philadephia, mi ciudad de entrada
. “Welcome to the United States of America” dijo alguien en la entrada al aeropuerto. Para quien ha visto mundo esto le parecerá una tontería, pero a mi me pareció grandioso poder estar pisando América, algo que sólo había visto en la tele.
En el aeropuerto de Philadephia pasé el correspondiente control de seguridad y fui a la puerta de embarque del vuelo con destino a Pittsburgh. Aproximadamente 15 horas después de abandonar Barcelona pisaba Pittsburgh. Los nervios y la incertidumbre fueron los responsables de que a pesar del cansancio estuviera más despierto que nunca. Después de viajar en un metro subterráneo dentro del mismo aeropuerto recogí las maletas y me dispuse a salir al exterior.
Allí tenía que venir el bus con destino a la universidad, dónde un compañero me vendría a buscar. ¡¡¡¡Qué rasca!!!! Y nada más llegar una americana me pregunta si el autobús con destino a Pittsburgh para allí. Ni corto ni perezoso le dije que por supuesto, aunque no las tenía todas y ya me veía a la mujer dándome de golpes con el bolso al ver como el autobús pasaba de largo.
Finalmente el autobús llegó. Cerca de una hora después llegué a la universidad, me encontré con mi nuevo compañero de apartamento y cogimos otro autobús con destino al apartamento. Allí me esperaba una suculenta cena (¡qué buena es la carne aquí!).
Cenamos y después a dormir…. Pues va a ser que no! Que mejor bienvenida que una birrilla en el Dog’s, un bar situado en Walnut Street, a unos 15 minutos de casa caminando.
A las 2 fin de fiesta y a dormir que ya toca.
Por fin estoy en América!!!!!